DERRUMBE
Sábado, siete y algo de la mañana, aún dormitaba la parte más vivida de un sueño donde Fabio salía de viaje y me entregaba un sobre pidiéndome lo abriese después de que hubiera partido, pero me despertó la voz rígida del locutor “…el tránsito se encuentra interrumpido en el kilómetro 67 de la carretera central… pueblo de San Jerónimo de Surco… derrumbe ocasionado por las lluvias…” Di un giro violento sobre la cama y fui separando de a poco un párpado, el otro, ¡maldición! el ardor que ocasiona la luz temprana y esta fotosensibilidad mía. En un minuto había cambiado mi habitual semidesnudez del sueño por un pantalón cargo verde, polo sin mangas y pañoleta negra. Sí, me iba, cada vez menos adormecida crucé el garaje. Maletín, baterías, la fiel Canon, lo más que necesitaba. Al salir tropecé con mi madre y hermano, algo dijeron, creo que ella quiso prevenirme del frío, pero ya no me calan las lluvias, además, los seres como yo somos un encuadre perfecto de soledad junto a la lluvia, similar a una foto olvidada de Cartier-Bresson en la vía o sea porque soledad es de artículo femenino. Sola llegué hasta la carretera bloqueada. “No hay pase señorita, hasta aquí llegamos ¡baja puente!” Y allí me dejó la combi, al final de una cola de buses con pasajeros gruñendo, camiones con fruta descompuesta, camionetas y autos varados a 400 metros del derrumbe, la culpable, una roca de cinco toneladas. Hora de caminar y lo hice, lo único molesto fue al pasar, de las ventanas me cayeron silbidos y piropos que encarnaban a colegiales de hormona estimulada. Camaleónica, mi piel pasó por todas las escalas del blanco al gris y del rojo al azul furia. No hay duda – me dije convencida – El calor y la espera, arrecia a los hombres. Debía llegar al punto, aunque el sol de esa mañana fuese más criminal que las voces y los mosquitos. Desde mi reportaje sobre el penal Castro Castro, el 2007 sólo había cosechado flores artificiales: publicaciones, entrevistas, aplausos ilusorios, el viaje a Europa, un gran amor trunco, amores de un día, dos editores que quisieron acostarse conmigo, y finalmente escribir y hacer fotos sobre realidad latinoamericana para la Iglesia Católica. Pero Fabio cambió todo a su llegada, me había recomendado a un medio en Perú y yo debía pulir mi portafolio. El sol tostaba mis brazos cuando comencé a disparar con la Canon, lente angular de 6.0-72.0 mm, disparé a la roca montada en la pista, a la fila de carros atollados, a los policías de carretera que contrariados hablaban por celular, en tanto un tractor ensordecedor luchaba con las rocas y vendedores improvisados la hacían linda. Hice tantos ángulos, en contrapicado, primeros planos, panorámicos, planos detalles y repentinamente ¡A correr, carajo! desde lo alto el cerro rugía furioso nuevamente, exhalando polvo y piedras. La vida humana siempre tan frágil, una pequeña roca, suficiente para un adiós fortuito. Pasado el trance continué las fotos. A medio día la pista quedó limpia, empezó el transito lento lento. Terminado mi reportaje, bajé caminando a San Jerónimo de Surco, un pueblo pequeño que no había vuelto en cuatro años, cuando con amigos de la universidad viajamos para hacer un documental sobre las Caratas Palacala. Pues bien, el pueblo había cambiado, ahora tenía panel de bienvenida, paradero y paredes empedradas en el camino de ingreso, antes del puentecito. En San Jerónimo vivían los abuelos de una vieja amiga, pero ¿donde quedaba la casa? bueno, preguntando se llega Roma, aunque según algunos, las personas por las que preguntaba habían muerto hace cincuenta años. Sujeta de la Canon, seguí andando bajo el cielo que ahora se había nublado, ni un alma en las calles, esa imagen me hizo evocar a Albacete en España, quizás por su silencio a la hora del almuerzo, por su clima o por la melancolía que me producía, pero entonces recordé la loza, los rieles del frente, pregunté a unos niños que jugaban, no les dejé terminar de responderme y me fui a velocidad. En el camino distinguí a la vieja Jovita con una bolsa de mercado, la mujer que vivía en casa de los abuelos, no me reconoció al verme. “Hola Jovita, soy Galia, la amiga de Dorica”. Los ancianos siempre se duelen de la vejez de alguien que antes vieron más joven pero no de la de ellos mismos porque tal vez ya no recuerdan cuando fue que empezaron a hacerse viejos. La vi igual a Jovita, será porque me estoy haciendo vieja. La ayudé con su bolsa y llegamos a la casa de la abuela. “La amiga de Dorica está aquí, quiere saludarte” dijo su voz apagada. Ingresé a la salita gris, sus sillitas parejas como cuatro años atrás. Y pienso en qué tipo de soledad se vive a esa edad, porque después de unos minutos de conversar sobre mi llegada inesperada, mis estudios en la universidad, Lima y mi trabajo, la abuela rompió a llorar agradeciendo mi visita; sólo atiné abrazarla fuerte y al hacerlo creí que abrazaba a alguno de mis desconocidos abuelos. Esa escena me retorció dentro. Después de despedirme, caminé lánguida hacia la plaza del pueblo estirando los brazos, quería fotografiarlo todo. Del cielo garuaban medianas gotas. Ave mojada Una y treinta de la tarde, amenazaba llover fuerte, porque el cielo se tornó oscuro y las pocas personas caminaban raudas a sus casas, más tarde fueron los vientos intensos golpeando las palmeras de la plaza, agitando mis cabellos. El único restaurante del pueblo, puerta cerrada. Pero en verdad la lluvia densa no me parecía amenaza, sino más bien algo que siempre he buscado, por eso extendí mi palma ante la primera gota grande como si todo mi cuerpo fuese tierra seca y agradecida, hasta que comenzó el amable aguacero en que me quedó la imagen difusa de una forastera joven con mi nombre, algo ida, vestida de gris, desnuda de brazos y rostro, empapada y sola en la plaza, protegía un objeto pequeño y oscuro – sé por sus lágrimas encubiertas que es una poseída del frío y la tierra, que ama a fatalidad lo profundo, lo perdido – Un pañuelo cubría su perfil, inclinada, por ratos deslizaba los dedos en las gotas que le caían del labio. ¿Cuánta ausencia alberga una única calle, un campanario? ¿Un único sitio poblado de palomas? Cortejándose encima de los tejados, otras serenando en ranuras y techos. Me abatía dulcemente esa escena – si tuviese que escoger un sitio para vivir alejada sería aquel – Mojada y sin frío, deseé locamente tener a Fabio cerca de mí, tomar sus manos tan distantes, a esa hora seguramente cumpliendo alguna comisión en Lima, sujetando una cámara como yo; quise timbrarle y me contuve. El fado más dolido de Cristina Branco rodó en mi portátil mp3 y todo adentro me crujió como una viga rota “meu amor, meu amor… meu corpo em movemento… de ser un propio elemento… meu passaro sinsento… meu limao de amargura”. Acaricié el viento e imaginé sus cabellos largos de reportero desenfadado, besarlo en lo ojos, tras esas gafas de marco oscuro, en la “r” de su boca que él pronunciaba como “g”. Reaccioné, había tomado en la lluvia: flores, palomas, hojas, tejados, cinco retratos de un anciano, un hombre en secuencia de diez imágenes cruzando la plaza, tres autorretratos en el vidrio de la escuela, pero los más captados habían sido una piletita con un águila erguida y el cielo espeso. De amor y derrumbes ¿Qué podía hacer al regresar húmeda a Lima? ¿Llamarlo y pedirle vernos utilizando algún pretexto estúpido? Seguí fija contemplando el horizonte verde… verde. De improviso, un estruendo agudo terminó por despertarme, sonó como truenos consecutivos, provenían del cerro, al frente, en la carretera. Y lo vi, el cerro se deshacía. A mi costado surgió la voz nerviosa de un policía “otro derrumbe… llama… llama a Lima”. La única mujer que en ese momento salía de su casa jalando a su pequeña hija, cerró de golpe la puerta, la niña lloró asustada y echaron a correr a la parte alta de la plaza. De súbito la calle principal, antes desierta, se llenó de gente. Bajé a prisa por las escaleritas de la comisaría, ya en la esquina que daba a la carretera una mujer gritó “señorita no vaya, no vaya, la otra vez también así… y volvió con más fuerza…” Minutos anteriores le había disparado al cerro en el momento que comenzó a caerse y no dejaría de hacerlo. Crucé el puente. El panel “Bienvenidos a San Jerónimo de Surco” achatado en un lado por el golpe, aunque la peor parte la había llevado el paradero pues convertido en bloques verdes de cemento, yacía a fuerza de fierros astillados en la carretera. La gran roca que lo demolió, rodó hasta el río. El asfalto fue nada para la cólera de la naturaleza. Siempre bramando, el cerro insistía en hacer caer desde lo alto piedras de tamaño medio. Otra vez el tránsito bloqueado y yo invadida de miedo sincero, acaso porque sé que la vida es un chispazo efímero en la edad del tiempo, un disparo de flash al sol. Más de cincuenta fotos al desastre y regresé a Lima. Mojada, con el corazón mojado también, en el camino me desfilaban imágenes; Fabio, lluvia, río, túnel, riel, valle, aire limpio, flor. Quizás lo que mejor se me asemejaba en ese momento, era esa piedra caída al río. Fabio. Golpe de luz. A memoria me vinieron algunas mentes muy antiguas y preclaras que hablaban del dolor de la tierra, de su cansancio tan vivo, ahora, sólo comparable con el derrumbe que sentía dentro de mí. Fabio, la primera vez en el computador de su casa, el jazz suave “tus fotos son buenas… es mejor hacer una sola foto buena que cinco fotos medianamente buenas…”. Él partiría lejos, y yo ya no lo llamaría como antes para pedirle que acabara de ser mi amante, mi única foto buena. © galia gálvez retamozo
Caminante no hay camino
Reminiscencias

25, feb | 4 comentarios galiagalvezretamozo_lloviznazul En: Fotografía Periodismo compártelo Tags: bloqueo de carretera, san jeronimo de surco, lluvia, derrumbe, fado

4 comentarios
HOLA DOÑA GALIA BUENAS FOTOS DONDE KEDA SAN JERONIMO KUANDO PASO ESO SALE LA PISTA ROTA Y OTROS DESTROSOS DE LA NATURALEXA EN PERU CIERTO SI HE OIDO DE SAN JERONIMOP PERO NO SE DONDE KEDA O FEU POR ICA EN EL TERREMOTO O LE DISTE UNA MAKILLADEX SI EL CERRO SE LES VENIA ENCIMA LO MEJOR ERA AGACHARSE Y KUBRIRSE BUENA TECNIKA SI NO PREGUNTALES A LOS ROSTISADOS DE POMPEYA JE
Holas Galia... Super el blog!!! En cuanto a las fotos debo decir que me encanta la foto de la plantita crenciendo en medio de ¿piedras? ¿el piso? Bueno, es como la continuación de la vida y su belleza en medio de la destrucción (o caos)... Super detalle!!!
Conmovedor la parte de tu encuentro con la abuelita. Buen blog amiga.
En cuanto a las fotos me quedo con lo de las palomas.
Un abrazo.
Hola Galia.
Me agrada esa toma en donde la carretera esta rajada... (aparte del bloqueo) me parece un retrato del sinlogismo de Sofocleto "Las carreteras estan por los suelos"
por los suelos... quiere decir... deteriorados...
Y la toma en donde se ve el humo de un auto en otra carretera...ahora con el smog... y el calentamiento global...
Y buena suerte y todas me vacilan. Como dice Julio Cortazar una foto debe ser como un cuento y una película como una novela. La fotografía capta un instante. La novela es extensa y la fotografía intensa.
Un abrazo y cuidate.
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